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Por Roldan Jimeno. 1.3. PRIMERA CRISTIANIZACIÓN LEGENDARIA: SAN SATURNINO Y SAN FERMÍN. Tras ordenar los materiales disponibles para la aproximación a los orígenes del cristianismo en Navarra se constata un mutismo absoluto en torno a las figuras de San Saturnino y San Fermín. La tradición navarra sobre la cristianización de sus gentes por estos dos santos, y la amienense sobre lo mismo con San Fermín como protagonista, durante largo tiempo verdades indubitadas, fueron sometidas a la crítica histórica, esclareciendo lo que anteriormente eran lugares y personajes envueltos en una nebulosa llena de contradicciones y oscuridades. En recopilación de textos antiguos y recientes sobre San Fermín los autores han señalado que, pese a la numerosa literatura dedicada a la fiestas del santo, en Navarra se ha escrito poco sobre su vida e, incluso, sobre su misma existencia, debido a la escasez de noticias documentales. 1.3.1. Balance documental e historiográfico. Como en muchísimos casos de iglesias cristianas de la Europa occidental, el afán por hacer más gloriosos los inicios de la cristianización y de las iglesias locales, llevó a veces a sus biógrafos a relacionar o entroncar sus orígenes con personajes del Antiguo o Nuevo testamento, más directamente vinculados con la persona de Cristo. Es lo que sucedió en el reino y diócesis de Pamplona con los dos presuntos evangelizadores Saturnino y Fermín. Apenas tenemos m ás datos sobre la vida de San Saturnino que los contenidos en su escueta Passio, que se limita poco más que a registrar su presencia en Toulouse hacia el año 250, donde predicó el evangelio con gran éxito, y fue martirizado en una revueta popular. Dos siglos después, un clérigo tolosano compuso un panegírico en honor al santo, unica fuente que cuenta su vida. Lo presenta como primer obispo de Tolouse. Es un texto claro, con indicaciones cronológicas y geográficas que ofrecen todas las garantía de autenticidad. San Saturnino es el primer obispo galo mencionado por los textos después de San Ireneo. Su culto está demostrado en la Galia desde el siglo III aproximadamente. Las sobrias noticias de la citada Passio comenzaron a ser ampliadas, añadiéndose desde principios del siglo VI una serie de leyendas. El intento de magnificar a San Saturnino comenzó revistiéndole con un ropaje que trataba de explicar su origen oriental, su relación personal con San Juan Bautista y el apóstol San Pedro. Por otra parte, el primer documento sobre San Fermín son sus Actas, publicadas en la BHL, y que han suscitado una controversia a la hora de fecharlas, situándolas las últimas teorías entre finales del siglo IV y principios del V o entre el V o VI, aunque incidiendo la mayoría de los autores en su dudosa historicidad. Fuera de esta fuente, las noticias más antiguas sobre la vida y martirio del santo nacen en Picardía y aparece en las letanías de Carlos el Calvo, Rabano Mauro y Usuardo, todas del siglo IX. La leyenda de San Fermín se completó con el supuesto descubrimiento de su sepulcro por San Salvio a comienzos del siglo VII. Nuevamente nos hallamos ante una serie de noticias y relatos apócrifos. Al parecer, ni la figura del obipo Salvio ni el relato del milagroso hallazgo y traslado están bien documentados-. El P. Stiling situó esta leyenda en el siglo XII. Siempre dentro de la región francesa de la Picardía, Ch. Salmon apunta que las fuentes locales más antiguas que recogen la leyenda son un leccionario proveniente de la abadía de Saint-Martin-aux-Jumeaux, el breviario de Amiens y el Ordinarius Liber Ecclesiae Ambianensis, todos ellos del siglo XIII. Posteriormente la hagiografía de San Fermín fue internacionalmente conocida gracias a la Leyenda dorada de Jacobo de Vorágine (1264), obra donde se recogen toda una serie de relatos fabulosos sobre la vida de los santos y a la que copistas posteriores añadieron nuevos capítulos, quizás el de San Fermín. El capítulo CCXXXIV, dedicado a San Fermín, obispo y mártir, narra que en tiempos de los emperadores Diocleciano y Maximiano hubo en Pamplona, ciudad de España, un senador que desempeñaba el cargo de gobernador general de la región. Firme llamábase este alto dignatario, y firme era no sólo de nombre, sino también en sus obras. El susodicho gobernador tenía un hijo, llamado Fermín, cuya educación confió su padre al presbítero Honesto a fin de que lo instruyera en las ciencias divinas. A sus diecisiete años de edad estaba Fermín tan impuesto en doctrina, que en algunas ocasiones predicaba al pueblo, sustituyendo en este menester a Honesto, su maestro. Éste, de acuerdo con los padres del joven, envió a su discípulo a Tolosa, en donde estaba de obispo un tal Honorato, al cual rogó Honesto que confiriese a Fermín la ordenación episcopal para que pudiese predicar al pueblo la fe de Jesucristo. Ordenó Honorato a Fermín, y Fermín, ya obispo, regresó a Pamplona para ejercer su ministerio juntamente con su maestro Honesto; pero unos años después, cuando contaba treinta y uno de edad, dejó todo cuanto tenía en Pamplona y se marchó a las Galias, fijando primeramente su residencia en Agen, en donde premaneció un año y tres meses predicando y convirtiendo a muchos infieles; después, desde Agen se trasladó a la comarca de Beauvais para luchar contra el gobernador Valerio en defensa de la fe cristiana. Hasta la muerte de Sergio, sucesor de Valerio, varias veces fue durísimamente azotado por su inquebrantable fidelidad a la doctrina del Salvador. En cierta ocasión el prefecto lo encerró en la cárcel, pero el pueblo lo liberó y de ese modo pudo seguir predicando y bautizando a multitud de personas y construyendo iglesias. Después se marchó a Amiens en donde en sólo cuarenta días convirtió y administró el bautismo a tres mil hombres. Cuando los gobernadores Lóngulo y Sebastián se enteraron de ésto, se trasladaron desde Tréveris hasta Amiens, y al llegar a esta ciudad increparon a Fermín en presencia de todo el pueblo y le echaron en cara los graves delitos de que había sido acusado; mas temiendo luego que las multitudes se pusieran de parte del santo y se sublevaran contra ellos, no se atrevieron a condenarle públicamente a muerte sino que mandaron en privado a sus alguaciles que lo encerraran en la cárcel y que en ella, secretamente, lo degollaran; y así lo hicieron. El senador Faustiniano que con todos los miembros de su familia había sido bautizado por el siervo de Dios, se las arregó para hurtar piadosamente, durante la noche, el cuerpo del santo mártir y para enterrarlo reservadamente en un panteón de su propiedad. Poco después de ésto los habitantes de Beauvais se amotinaron contra el gobernador Sebastián, se apoderaron de él y lo mataron. El martirio del glorioso san Fermín se conmemora el 25 de septiembre. El armazón central de esta leyenda, tomada de la tradición amienense, llegó a Navarra con la adopción del culto a San Fermín fruto de la llegada de una reliquia de su cráneo conseguida por el obispo pamplonés Pedro de París de su colega amienense (1186)-. A partir de entonces el relato hagiográfico tomó en Navarra un camino distinto, adquiriendo una importante particularidad local, que retrotraía al primer siglo de la era cristiana la evangelización de estas tierras, tal y como se puede observar por las narraciones de los primeros cronistas medievales. Sirviendo de base para la cronística posterior, Garci López de Roncesvalles (1404-1409) sigue las Actas de San Saturnino situándolo como discípulo de San Juan Bautista, y como predicador por Antioquía, Pentapolin y otras regiones. Estas narraciones se entroncan con la tradición eminentemente navarra cuando afirma que en el anno XIIIIº empues de la passión de Ihesu Christo, San Pedro se partió d’antiochía et se fue a Roma do regnaba el emperador Nero el thirano yniquo, et con San Pedro fueron: Sant Pol, Sant Saturnín, Sant March, Sant Marçal et otros muchos discípulos qui, por abreviar, non son nombrados aquí, ny como Nero fizo matar a Sant Pedro et a San Pol. Et como San Pedro fue a Roma, el destinó et ordenó a los discipulos yr a predicar en diversas regiones, et a Sant Saturnín ordeno en obispo et lo inbió en las partidas de las Spannas et, dexando lo que él fizo en camino ata que fue a Tholosa, do heran ydolatres, allí empeçó a predicar, et [a] su capellán nombrado Honesto, qui era de Arle lo Blanch, envió en Pamplona et a los tres senatores et regidores nombrados, el primero Firmus, padre de Sant Fermín, el otro Fortunatus et el otro Faustinus, empeçó predicar el nombre de Ihesu Christo et que hera discípulo del obispo de Tholosa, Saturnín, qui había seydo discípulo de Ihesu Christo; estonz le dixieron: “Torna a tu maestro et feslo venir aquí a Pamplona, el qual nos dirá mas propiament los fechos de Ihesu Christo”; et assí se tornó Honesto a Tholosa; et al XVIº dia fueron tornados a Pamplona Sant Saturnín et Honesto su capellán, et de los senatores bien recevidos; et a la primera predicación fueron convertidos, como dize la ystoria, XLm hombres. Esto fue a XXII annos empues la Pasión. Et Firminus, primer de los senatores, dio a Honesto su fijo Sant Fermin por doctrinar en la doctrina del Evangelio. Et Sant Saturnín passó ultra en Spanna et convertió a Tholedo, et dallí en las partidas de Galizia convertió muchas gentes; todo lo de suso es en la dicha legenda de Sant Saturnín. El Príncipe de Viana (1453-1455), siguió el texto de Garci López de Roncesvalles sin apenas variaciones salvo cuando afirma que San Saturnino fue enviado a las Españas, y su capellán Honesto a Santsuenna. Los siguientes autores que historiaron el pasado glorioso del reino de Navarra comenzaron sus crónicas en cronologías más recientes, olvidándose de los remotos años de la cristianización. El interés por San Saturnino y San Fermín volvió a retomarse con la primera historia de los obispos pamploneses, escrita por Prudencio de Sandoval e impresa en Pamplona en 1614, aunque a imitación probablemente del Catalogus episcoporum ecclesie Pampilonensis, manuscrito preparado hacia 1573 por un canónigo pamplonés. Este prelado coincidía en lo fundamental con Garci López de Roncesvalles, el Príncipe de Viana,, aunque con algunas variantes, como la de hacer a San Honesto, sin duda por un lapsus, originario de Pamplona. Por aquellas fechas del último cuarto del siglo XVI comenzaban a proliferar las Flos Sanctorum,, singularmente la de Alonso de Villegas (Madrid, 1588),, cuya glosa sobre San Fermín seguía la tradición navarra. Este autor fue corregido en un pequeño detalle por Pedro de Agramont y Zaldíbar en su Historia de Navarra (1634), donde recogía las tesis defendidas desde los primeros cronistas medievales, introduciendo algunas mínimas aportaciones de los hagiógrafos del siglo XVI. Tres años después se publicaba la primera edición del Notitia utriusque Vasconiae del bajonavarro A. de Oihenart, editándola nuevamente con correcciones en 1656, donde no aportaba nada nuevo a lo anteriormente sabido. Como en tantos otros campos, José de Moret dio un nuevo giro al enfoque de la historia de la evangelización vascónica por San Saturnino y a la de la vida de San Fermín (1684), enriqueciendo los conocimientos anteriores con nuevos datos sacados de las actas de estos dos santos. Si Navarra se había caracterizado por un temprano interés historiográfico en torno a la figura de San Fermín, no ocurría lo mismo en Amiens, donde la vida de su santo patrón era únicamente conocida a través de las fuentes litúrgicas medievales y modernas, y de la edición de los testimonios hagiográficos a partir del siglo XVII,, salvo una excepción, la historia amienense de A. de La Morlière (1642). Esta realidad comenzó a cambiar a partir del siglo XVIII a raíz de las obras de los historiadores y cronistas de la villa L.F. Daire (1757) y J.J. De Court. También J. Longueval se había preocupado del santo en su Historia de la iglesia gallicana (1730). A partir de aquí se fueron elaborando estudios eruditos sobre los detalles de la vida San Fermín basados en las actas y otras fuentes tardías. Los historiadores franceses se afanaron en delimitar lo más minuciosamente posible todos los capítulos de la vida, milagros, martirio, muerte y descubrimiento del cuerpo de San Fermín, estableciéndose auténticas discusiones sobre fechas, lugares y acontecimientos hagiográficos. Toda esta labor culminó en la Historia sobre los obispos de Amiens de J.B.M. de Sachy, compendiando en ocho páginas todo lo conocido sobre el personaje (1770). Contribuyó al desarrollo de esta historiografía la aparición de dos obras capitales: en 1760 se publicaba el tomo relativo a septiembre de los Acta Sanctorum, donde el P. J. Stiling se encargaba del apartado relativo a San Fermín.Completaba esta sistematización la información aparecida en la Gallia Christiana, de la mano de D. de Sainte-Marthe. El eruditismo historiográfico ferminiano del siglo XVIII se acrecentó en la siguiente centuria y pasó, incluso, al mundo de las artes escénicas, donde San Fermín fue protagonista de, al menos, tres obras teatrales. La síntesis de J.B.M. Sachy inspiró a posteriores autores, como J.M. Mioland, que dedicó una pequeña biografía al primer obispo de Amiens en su introducción a los dos volúmenes de las actas de la diócesis (1848), o a la obra anónima Los obispos de Amiens (1850). A finales del siglo XVIII San Fermín tomaba un nuevo e importante impulso historiográfico en Navarra. El P. Miguel Joseph de Maceda publicaba en 1798 sus Actas sinceras. Esta obra, cuya edición costeó el Ayuntamiento de Pamplona, es una traducción del libro De celeri propagatione Evangelii in universo mundo libri tres (Bolonia, 1798). El P. Maceda afirmaba haber hallado las actas más antiguas y verídicas que las que hasta ahora teníamos en la Biblioteca Ricardiana de Florencia, procedentes de un convento del norte de Italia, aunque, como afirma F. Pérez Ollo, estas fuentes ya fueron descalificadas por los Bolandistas. El libro del P. Maceda fue desconocido durante largo tiempo en Francia, pero existía un ejemplar en la biblioteca de la abadía de Solesmes, aprovechado por uno de los religiosos de este monasterio, P. Piolin, que lo utilizó al escribir su Historia de la iglesia de Mans (1851). Ch. Salmon obtuvo de P. Piolin una copia entera de las actas de San Saturnino editadas por Maceda y, apoyándose sobre la autoridad de estos documentos, realizó un complejo análisis sobre la época del apóstol San Saturnino, y, en consecuencia, sobre la vida de San Fermín. Tras un primer acercamiento al tema realizado en 1858, desplegó toda su erudición y saber en un grueso volumen de 523 páginas publicado en 1861 donde se esforzó por dilucidar las cuestiones cronológicas en torno a la predicación de San Saturnino en Pamplona y la época del nacimiento de San Fermín. Esta obra desató una auténtica polémica en torno a la cronología de nuestros personajes, rebatiéndola tanto Afred Maury (1862), como Ch. Dufour (1863), quien se empeñó en demostrar que el martirio sucedió casi dos siglos después, aportando, entre otros argumentos, el de la liturgia de Amiens, que siempre ha situado el martirio hacia el año 288, la misma fecha que admite el Breviarium publicado en 1746 por el obipo de la Motte. Estos autores recibieron a su vez la contrarréplica de Salmon,convertido en autoridad cuasi-indicutible a partir de entonces. Los investigadores posteriores apenas aportaron nuevos elementos de discusión, salvo el abad y arqueólogo J. Corblet,, cuyo interés por la figura de San Fermín le llevó a viajar a Pamplona, dando cuenta de su experiencia en un delicioso artículo. Sus teorías sobre los orígenes del cristianismo en Amiens y la relevancia de San Fermín en la evangelización las dio a conocer en un documentado libro publicado en 1870. Las disquisiciones historiográficas volvieron a dar paso a obras generalistas que, a partir de ahora, asumían las nuevas tesis sin apenas nuevas aportaciones. Por su parte Navarra permanecía ajena a todas las disquisiciones historiográficas francesas en torno al primer obispo de Pamplona. Dos siglos después de que el P. Maceda publicara las Actas sinceras, en que abogaba por la verdad de la tradición navarra, con escaso éxito, saltó a la palestra en 1947 Juan de Albizu, párroco de la iglesia de San Saturnino de Pamplona, defendiendo la misma causa cronológica, basado en una lectio del Breviarium Pampilonense, que comenzaba el relato de su vida con estas palabras: Saturnino, ordenado obispo por San Pedro, príncipe de los Apóstoles. Ese mismo año A. Pérez Goyena publicaba su libro La santidad en Navarra, siendo el primer autor que trató el culto al santo en su dimensión histórica, aunque en ningún momento se cuestionó su existencia. La supuesta introducción del cristianismo en Navarra relacionada con San Fermín, no fue rebatida críticamente hasta los años setenta del siglo XX. J. Goñi Gaztambide fue el primer autor que consideró la vida del santo como legendaria e inverosímil (1973). Al año siguiente J.M. Jimeno Jurío realizaba un minucioso análisis desmontando la historicidad del personaje, provocando posteriormente un debate que trascendió el marco meramente científico. En los últimos años J. Arraiza Frauca ha sido el encargado de sintetizar todos los conocimientos anteriores y realizar interesantes aportaciones sobre San Fermín. La historiografía del siglo XX amienense fue en la misma dirección que la navarra. Dentro de su monumental historia religiosa de Amiens (1921), H. Bouvier repasó las diferentes contrariedades en torno a la historicidad de los acontecimientos hagiográficos de San Fermín, desterrando muchos de los tópicos pero adhiriéndose a la convicción expresada por este autor al comienzo del estudio: Todos los historiadores están de acuerdo en reconocer que San Fermín fue el primer apóstol conocido que vino a anunciar la doctrina del cristianismo en la antigua ciudad de Samarobrive. Todavía en 1961 H. Peltier admitía en un minucioso estudio la evangelización ferminiana de la Picardía. Fue en los años setenta cuando los arqueólogos e historiadores de Amiens comenzaron a entrever tímidamente la apocrifidad de San Fermín,, reafirmándose en esta idea a partir de la década de los ochenta, cuando M. Guilloire ya afirmaba que la historia de San Fermín no resiste la crítica moderna. Trascendiendo los dos ámbitos historiográficos locales, la comunidad científica actual tampoco duda en situar en un plano estrictamente legendario la figura del primer obispo pamplonés y amienense. 1.3.2. Elaboración del relato hagiográfico: presupuestos conceptuales. Las biografías de santos escritas en la Edad Media, suelen caracterizarse por unos datos comunes, o copiados de otros modelos, y con los que la piedad popular alimentaba su fe. Entre los rasgos biográficos de apóstoles y mártires de los primeros tiemplos del cristianismo podemos destacar la intrepidez de sus predicaciones y sus consecuencias, entre ellas la portentosa evangelización, capaz de bautizar en pocos días a miles de paganos o la repetición de milagros como confirmación de la verdad contenida en los sermones que predican. En muchas ocaciones son las tradiciones populares y las narraciones legendarias los materiales con que fueron elaboradas la vida y milagros de ciertos santos apócrifos. La imaginación de los hagiógrafos fue multiplicando circunstancias imaginarias, que poco a poco fueron enriqueciendo unas narraciones, que, durante decenios y aún siglos, han venido transmitiendose a través de generaciones, aportando nuevos datos biográficos, aumentando así la diversidad de los relatos y enriqueciéndolos a la vez de contenidos. Hoy, cuando el conocimiento de circunstancias histórica y de la ciencia crítica han permitido cribar las historias y diferenciarlas de las leyendas, éstas se nos muestran en toda su sencillez. En el siglo XVII llegó la crítica hagiográfica con los bolandistas, según el proyecto de H. Rosweyde, llevado a la práctica por J. Bolland y sus colaboradores. La monumental obra, que comprende los Acta Sanctorum, los Subsidia Hagiographica, y la revista Analecta Bollandiana, continúa actualmente con una metodología brillante que ha llevado a la publicación crítica y completa de las vidas de muchos santos, destacando magistrales autores como H. Delehaye. Desde que comenzara esta labor crítica, existen numerosos estudios que analizan la formación y evolución de leyendas hagiográficas concretas buscando, en definitiva, dilucidar la historicidad de un santo o de su leyenda. Este aspecto es importante desde el punto de vista teológico, ya que el mismo Vaticano ha reconocido la condición apócrifa de numerosos santos; pero también lo es desde el análisis histórico, como queda de manifiesto en el caso de establecer los orígenes del cristianismo vascónico y amienense. Sin embargo, no debemos perder de vista que los estudios basados exclusivamente en un análisis historicista de la leyenda popular religiosa son, en la práctica, anti-históricos. Estas leyendas forman parte de una mentalidad popular que realmente no se cuestionaba la veracidad de lo narrado. Lo histórico en la narración de lo sagrado pertenece a una dimensión metahistórica cuya justificación vendría dada por su propio carácter religioso. En este mismo sentido, S. Boesch apunta que los estudios hagiográficos han estado durante años rodeados de una dimensión teológico-moral, con el riesgo siempre de caer en una cierta atemporalidad y en una erradicación de un contexto político-social bien definido. Por ello, la creación y evolución hagiográfica de la figura de San Fermín debe contextualizarse en su correspondiente perspectiva histórica, mostrando la realidad política, social, económica, cultural y, por supuesto, religiosa de su leyenda, abordando, en definitiva, lo que G. Philippart ha venido a denominar la memoria histórica del santo. Dejamos para un estudio futuro el análisis pormenorizado de la leyenda de San Fermín desde los presupuestos metodológicos apuntados por este autor, observando a continuación las principales vicisitudes de la apócrifa existencia del santo obispo según la han ido narrando sus hagiógrafos e historiadores eruditos anteriormente referidos. 1.3.3. Vida y martirio de San Fermín. En el legendario hagiográfico navarro relativo a la evangelización pamplonesa forman una saga inseparable San Saturnino o San Cernin y San Fermín. Los dos están unidos por vínculos hermanadores, y por una nebulosa especialmente densa y rica en detalles y matices, debido a las numerosas leyendas y fábulas que los siglos han ido tejiendo en torno a sus figuras. Reinando el emperador Claudio, unos años después de la Ascensión de Cristo, San Pedro, príncipe de los apóstoles, había enviado a las Galias al obispo Saturnino, que se estableció en Toulouse, donde tuvo como auxiliares y discípulos a Honesto y Papoul. Desde aquí encargó a Honesto que predicara en España. Honesto había nacido en Nimes. Convertido, bautizado y ordenado sacerdote por San Saturnino, de quien inmeditamente pasó a ser discípulo fiel, llegó a Pamplona, donde en tiempos de la persecución de los cristianos vivía una familia pagana muy disinguida, compuesta por cinco miembros: Firmo, notable entre los ciudadanos por la honradez de su vida, era el primer senador de ciudad. Era rico en virtudes y bienes temporales, como su esposa Eugenia. Tenían dos hijos y una hija (Fermín, Fausto y Eusebia). Fermín, el mayor, estaba destinado a obrar grandes cosas y a fundar la iglesia de Amiens. En cierta ocasión, cuando marchaban al templo de Júpiter para el sacrificio oyeron a un orador desconocido hablar públicamente contra los dioses y las supersticiones, deteniéndose un instante para escucharle. Les sorprendió su doctrina. El misionero se llamaba Honesto y Firmo le dijo que deseaba conocer su religion. San Honesto recibió de los senadores el encargo de volver a Toulouse e informar al maestro para hacerle venir a Pamplona. Siete dias después llegaban Saturnino y su discípulo a la ciudad. El obispo de Toulouse comenzó predicando bajo un terebinto, en un bosque sagrado de cipreses próximo al templo. Durante tres días estuvo dedicado a esta labor. El pueblo de Pamplona se convirtió en masa y cerca de 40.000 personas pidieron el bautismo. El senador Firmo, su esposa y los dos amigos senadores Faustino y Fortunato, fueron bautizados por el obispo Saturnino, y por Honesto el resto de ciudadanos, incluido Fermín, muy joven entonces. El rito bautismal se celebró con el agua de un pozo, hoy cubierto con una lápida de hierro, en la que destaca en letras doradas esa inscripción: Aquí está el pozo con cuya agua, según tradición, bautizó San Saturnino a los primeros cristianos de esta ciudad. Casi toda la población recibió las aguas del bautismo. Como señal de su conversión, demolieron el templo de Diana y talaron los bosques sagrados que lo rodeaban. Despues de lograr tantas conversiones, el obispo tolosano se despidió de los pamploneses, y regresó a Toulouse, su ciudad episcopal, dejando a Fermín al cuidado de Honesto. 1.3.4. Vida y martirio de San Fermín. Tras el bautismo de San Fermín y su cuidado de la mano de San Honesto, nuestro santo progresó rapidamente en ciencias y virtud. Formado religiosamente bajo los cuidados de San Honesto, desde los 17 años predicaba la doctrina cristiana en los pueblos próximos a su ciudad natal. Cumplidos los 24, fue enviado por su director a Toulouse, donde fue ordenado sacerdote por San Honorato, sucesor del mártir Saturnino en el episcopado. Uno de los aspectos biográficos menos claros, donde se acumulan las contradicciones entre los biógrafos, es el lugar, momento, edad y prelado que ordenó sacerdote y consagró obispo al santo pamplonés. Unos afirman que la ordenación sacerdotal y episcopal del joven clérigo pamplonés tendría lugar cuando, al ir a Toulouse, encontró a Eustaquio, fue presentado al obispo Honorato y por él fue ordenado sacerdote y consagrado obispo, pasando a continuación a Agen con su amigo el presbítero Eustaquio. Otros hagiógrafos apuntan que el sacerdocio y el episcopado le fueron conferidos al joven Fermín en Toulouse, donde fue presentado por su amigo Eustaquio al obispo Honorato, de quien recibió la ordenación y consagración. El presbítero Eustaquio marchó después a Agen con el nuevo prelado para predicar las verdades cristianas. San Fermín tenía unos 31 años cuando distribuyó sus bienes entre los pobres, atravesó los Pirineos,, e inició en tierras francesas su catequesis por Aquitania. Se dirigió a Agen para ayudar a San Eustaquio. Siguió evangelizando la región de Auvernia. En su capital Clermont-Ferrant, captó a dos importantes personajes, Arcadio y Rómulo, librándolos de la idolatría. Residió allí largo tiempo, lo mismo que en Anjou. De aquí continuó su labor evangélica por tierra de los Belovacos. Recorrió el país predicando y en Beauvais puso los fundamentos de una iglesia dedicada a San Esteban. En esta ciudad, el gobernador Valerio perseguía a los cristianos, convertidos por San Luciano. Marchó en su apoyo. Por orden del mencionado gobernador, fue arrestado y encerrado en la cárcel, azotado y cargado de cadenas. Muerto el perseguidor, Fermín fue liberado por los cristianos. La llegada del obispo pamplonés a Amiens estuvo precedida por la labor de unos cristianos. Obedeciedo el madato de Id y enseñad a todas las gentes, tres jóvenes cristianos llamados Fuscien, Victoric y Quintin, sucesores de los apóstoles, pusieron los cimientos de la primera comunidad cristiana en la Civitas Ambianorum. Estos tres jóvenes acogieron y reconocieron como primer obispo de la ciudad al misionero San Fermín. Éste hizo su entrada en Amiens el 10 de octubre, recibido por el senador Faustiniano y su familia, convertidos a la nueva fe con la mayor parte de los habitantes. Se calcula que el número de bautizados en la ciudad en tres días fueron 3.000 personas. Alternó la predicación con prodigios, curando mudos, sordos, paralíticos, leprosos, y resucitando a un joven llamado Casto. A medida que la fe se propagaba en Amiens por la palabra y los milagros obrados por San Fermín, aumentaban las conversiones y la impaciencia de los gobernantes. Enterado el gobernador Valeriano Sebastián, citó al santo a su presencia, recordándole los decretos de los emperadores Decio y Valeriano que ordenaban adorar a los dioses del imperio, y señalaban la pena capital para los infractores. El santo hizo profesión de fe, dialogaron, y el pueblo se puso a su favor. Fueron ordenadas torturas públicas. Días más tarde, el gobernador Valeriano Sebastián mandó encerrarlo de nuevo en el calabozo, donde fue decapitado secretamente. Fue un 25 de septiembre. Los soldados que intervinieron en la muerte tenían orden de partir en trozos el cadáver, pero intervino el senador Faustiniano, y mandó trasladarlo al interior de la ciudad e inhumarlo, en el sepulcro familiar de Abladenes, cerca de Amiens, donde sería levantada la iglesia de Santa María de los Mártires, después llamada de Saint-Acheul. Fue el primer mártir cristiano de la capital de los amienenses. 1.3.4. Descubrimiento y traslado del cuerpo. San Salvio fue obispo de Amiens a comienzos del siglo VII. Hombre dovoto, destinó parte de sus bienes a construir el monasterio de la Madre de Dios de Montreuil-sur-Mer, del que fue fundador y abad. Su vida estuvo marcada por numerosos milagros, como el de ser el primero en anunciar la muerte de su predecesor San Honorato a los amienienses, ya que vio elevarse su alma al cielo, rodeado por unos ángeles. A San Salvio, nacido cerca de Amiens, en el seno de una familia rica y muerto el 28 de octubre hacia el año 615, se atribuye el descubrimiento del cuerpo de San Fermín. El relato del hallazgo de las reliquias, elaborado en diferentes fases, al parecer, es un rosario de maravillas. Al morir San Honorato, se oyó una voz del cielo anunciando a los ciudadanos que Salvio sería el sucesor en la sede. Elegido efectivamente, y terminada la construcción de la iglesia monástica de la Madre de Dios, quiso enriquecerla con el cuerpo del fundador de la sede amianense, pero nadie sabía el punto exacto donde yacía, dentro del santuario de Nuestra Señora de los Ángeles en Abladene. Éste había quedado arruinado, y perdida la tumba, como consecuencia de las invasiones bárbaras. San Salvio decidió pedir la ayuda del cielo para conocer el secreto. Prelado, clero y fieles ayunaron durante tres días. Al cuarto, el obispo Salvio, tuvo una revelación. Una luz del cielo señaló la sepultura en la iglesia de Santa María de los Ángeles. Localizado y abierto el sarcófago, el templo se llenó de un perfume que se extendió por la ciudad y sus alrededores, e incluso por las diócesis próximas. Inmediatamente, la población de estos territorios, encabezados por sus obispos, se dirigieron hacia Amiens, acompañando los restos descubiertos, para depositarlos en la catedral. Sucedió el 13 de enero del 615. Era tiempo de riguroso invierno y la nieve lo cubría todo. De pronto ascendió la temperatura repentinamente y se mantuvo varias horas como si fuera verano. Los árboles se cubrieron de hojas, flores y frutos, Sus ramas se inclinaban al paso de la comitiva, para saludar el regreso de las reliquias del primer prelado de Amiens. Durante el traslado, los fieles tendían sus ropas en el camino, cantando. El señor de Beaugency, sentado junto a la ventana del castillo, curó milagrosamente de la lepra. Depositados los restos en la cripta, cerraron las reliquias en un relicario enriquecido con oro y piedras preciosas. EL CULTO EN PAMPLONA. (...) Siguiendo en importancia simbólica a la catedral, en el extremo noroccidental de la Navarrería se erigía el palacio regio de San Pedro. Los monarcas no ocultaban su preocupación por la vinculación de la ciudad más importante del reino al poder episcopal. Fue Sancho VI el Sabio quien construyó en 1189 su palacio real, en terrenos dados por los de la Navarrería cuando les otorgó los privilegios para su repoblación. La denominación del palacio vino dada por su capilla, dedicada al apóstol San Pedro. La elección de la advocación por parte del monarca demuestra su sabia erudición, al optar por un culto propio de capillas palatinas, a imagen y semejanza de Constantinopla, Toledo o Roma. Esta capilla estaba en el lugar que hoy ocupa la iglesita de San Fermín de Aldapa, cuyas excavaciones han descubierto los cimientos de aquélla sobre un nivel inferior romano en el que aparecieron un mosaico y parte de unas termas. A diferencia de la catedral, en este caso no parece que nos hallemos ante una continuidad cultual, máxime si atendemos a que posiblemente radicaba allí con anterioridad la casa del linaje de los Almoravid,, y que la advocación de San Pedro parece obedecer al inteligente planteamiento de Sancho el Sabio. Resulta difícil saber cuándo se produjo el cambio advocacional. El arco cronológico entre la última cita de la iglesia de San Pedro (1255) y la primera de la ermita de San Fermín (1539) es demasiado amplio. Sin embargo, aunque no se hable de la iglesia, son constantes las alusiones al palacio de San Pedro y su capilla -sin citar la advocación-, al menos hasta la primera mitad del siglo XV. Posteriormente se olvida esta denominación, para llamarse definitivamente a partir de 1521 Palacio Viejo. Debemos recordar que entre 1366 y 1427 el edificio estuvo en manos del obispo, si bien utilizándolo a una con el rey. A partir de esta última fecha el palacio de San Pedro fue entregado a doña Blanca, recibiendo el obispo otros bienes a cambio. Sin embargo, la mitra pamplonesa olvidó más tarde esta cesión formal, y a lo largo del siglo XVI asistiremos a una controversia entre ambos poderes por la propiedad del edificio, llegando incluso a mantener los litigios hasta finales de aquella centuria. Conviene recordar además que a finales del siglo XIV se abrió la capilla de San Fermín en la iglesia de San Lorenzo, donde se veneraban sus principales reliquias, por lo que un templo tan importante como la capilla del palacio real tuvo que adoptar esta advocación en época posterior. Por otra parte, las reformas efectuadas en el palacio a partir de 1539 con el traslado al mismo de la residencia del virrey, redujeron el conjunto palacial, quedando en adelante la iglesia de San Fermín en una plaza delante del edificio regio, y separada del mismo. Parece ser que el nuevo culto al que la tradición dice primer obispo de la ciudad fue incorporado a esta capilla en el siglo XV o en las primeras décadas del XVI, quién sabe si por la influencia de que en 1466 el obispo de Pamplona volviera a prescribir en sínodo diocesano la celebración de la octava de San Fermín en toda la diócesis. (...) La existencia de San Fermín dentro de la parroquial de San Lorenzo se constata para 1407, erigida probablemente a finales del siglo XIV. Al derrumbarse la catedral románica y ser reconstruida la gótica a partir de 1394, desaparecía el altar de San Fermín. Seguramente porque para esas fechas su culto se mostraba tan importante que no podía estar sin su correspondiente espacio de piedad, fue decidido dedicarle una capilla en San Lorenzo, quizás el templo que reunía mejores condiciones que la iglesia de San Saturnino con todas sus capillas erigidas en honor de otros santos. A diferencia de lo que ocurrió con las titularidades parroquiales, los obispos, sus vicarios parroquiales y los feligreses devotos no se mostraban conservadores a la hora de mantener las advocaciones de las capillas. Tal y como hemos visto en el caso de la catedral de Pamplona, donde con la construcción del nuevo templo gótico, únicamente continuó la titularidad de una capilla. Desde su nueva morada San Fermín continuó aumentando la devoción popular, hasta el punto de tener que ampliar su capilla en 1550. 3.11.7. El tardío San Fermín. En este año 2001 se han celebrado los 50 años de la primera parroquia dedicada al santo en Pamplona, situada en el barrio pamplonés de la Milagrosa, muestra elocuente de la cronología en la implantación al culto del supuesto primer obispo de la diócesis. La devoción vino a Pamplona en 1186, cuando el obispo pamplonés Pedro de Artajona consiguió del prelado amienense Teobaldo de Helly una reliquia, a la que probablemente se rindió culto en el altar de la catedral documentado en el año 1217. La devoción se propagó desde la diócesis, que en 1300 celebraba ya su fiesta con octava solemne. En 1407 se constata la existencia de una capilla de San Fermín dentro de la parroquial de San Lorenzo, erigida probablemente a finales del siglo XIV, cuando la construcción de la nueva catedral gótica trajo la desaparición del altar dedicado al santo. Pese a que la celebración de la octava de San Fermín estaba prescrita en toda la diócesis, la devoción popular al primer prelado pamplonés no cuajó en algunas zonas rurales de Navarra hasta el siglo XVI, cuando se erigieron las primeras ermitas, y, sobre todo, a raíz de que en 1657 Alejando VII lo nombrara copatrono de Navarra junto con San Francisco Javier.
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