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Nacieron a mediados del siglo XIX en una Pamplona de 30.000 habitantes reducida a los actuales límites del casco viejo. En una sociedad que, por supuesto, no ofrecía a los jóvenes de la época las posibilidades de ocio de las que actualmente disfrutan. Así que las Ferias y las Fiestas en honor a San Fermín brindaban una oportunidad de oro, la única, quizás para dar rienda suelta a la juerga que, como bien sabe la sabiduría popular, es asunto muy recomendable de vez en cuando.
No sé si lo afirmarán los filósofos de la fiesta, esos que tan concienzudamente analizar el porqué de lo que no suele tener explicación clara (ni falta que hace), pero la experiencia confirma la máxima de aplicación universal, salvo para algún bicho raro que también existe, de que alegría compartida es más alegre. Razón por la cual los jóvenes pamploneses de hace 150 años, como los actuales, se juntaban en cuadrillas para salir a la calle y acudir a la plaza de toros. Aquellas cuadrillas, bautizadas con nombre como El Trueno, La ochena, La cuatrena o El llavín, portaban de estandarte una sencilla pancarta con dibujos, letrillas y saludos a los forasteros, los pocos forasteros que acudían a las fiestas de Pamplona. El siglo XX ha sido testigo de la transformación de aquellos grupos de amigos en peñas que actualmente con un conglomerado de cuadrillas y en cuyo variado origen encontramos afinidades políticas, religiosas, de profesión o simple vecindad. Iniciales razones para el agrupamiento que el paso del tiempo ha convertido en simple anécdota histórica ya que, por si alguno no lo sabe, actualmente ni ser del Muthiko implica llevar boina roja ni el obispo pinta nada en el Oberena. Las peñas necesitan gente, pancarta y, por supuesto música. En este sentido, basta observar imágenes de aquellas primitivas peñas pamplonesas para darse cuenta de la modestia de su acompañamiento musical, reducido a algún dulzainero, txistulari o guitarrista. El paso de los años fu aumentando el número de integrantes musicales que hoy en día forman potentes charangas cuyos trombones, trompetas y bombos se hacen dueños y señores de las estrechas calles pamplonesas, impregnándolas de la música que Manuel Turrillas les compuso a partir de la década de los treinta. El de Barasoain les hizo abandonar los valses y otros ritmos no demasiado adecuados para salir de los toros con la bota vacía y el cuerpo jotero, regalándoles un nuevo invento musical mezcla de biribilketa y jota. A esa música alegre y pegadiza le escribió letras que hablan de una Pamplona en la que se bebía txakoli y clarete de la bota, de los Sanfermines de Joxe Mari, el que tenía que madrugar para ir al encierro, o de aquel aldeano al que manga blanca le puso una multa de un duro por no respetar el farol colorau de la esquina de la plaza. Canciones oídas una y mil veces que describen unas fiestas, una ciudad, muy diferentes a las que hoy conocemos pero que vivirán siempre en esa música que muchos años después siguen bailando y cantando los de las peñas cuando, acabada la corrida, salen por el callejón con los cubos de sangría vacíos y el cuerpo tan jotero como sus predecesores de la bota de clarete y el txakoli de Ezkaba. Siguen portando su estandarte, su sábana blanca, si bien hace años que desaparecieron las letrillas e incluso las sutiles críticas de aspectos de la vida municipal que recorrieron las calles de la ciudad cuando el horno no estaba para bollos, y muchos menos para denuncias. Ahora, instalados como estamos en la aldea global de McLuhan en Internet, las peñas llevan a sus pancartas de forma menos sutil asuntos y personajes de todo el mundo, si bien es cierto que lo local, entendiendo por ello los límites de Navarra, sigue siendo su ámbito preferido. La gente de las peñas desde sus orígenes ha acudido a los tendidos más baratos de la plaza, los de sol, donde el calor invita especialmente a vaciar vasos, botas y pozales. La creación de algunas nuevas en la década de los setenta las expandió hacia las localidades más altas, la de andanada, así que actualmente ocupan la parte más importante de sol. Por si hiciera falta, en su favor hay que decir que arrastran también a muchos de los espectadores que acuden a la parte seria de la plaza, o sea, sombra. Y es que contra lo que algunos puedan pensar, no es cierto que sol y sombra estén enfrentados ya que muchos de los de sombra, haciendo un poco de memoria, se reconocen en el sol y los de las peñas saben que tarde o temprano, últimamente bastante tarde, dejarán de pasar calor durante las tardes de los toros. Es verdad que tanto la Meca como algunos de sombra a veces les ponen a parir, acusándoles de hacer muchas gansadas, no respetar el silencio durante la lidia o pasarse con el picar de turno, Pero, sinceramente, creo que ni la respetada institución pamplonesa ni los de sombra, entre lo que tampoco hay mucho aficionado a los toros, podrían vivir en Sanfermines sin las peñas. Porque ocupan buena parte de la plaza, arrastra a muchos otros, alegran la tarde taurinamente aburrida, aúpan a los toreros mediocres pero voluntarios, dan calor, color y música a la corrida, ambientan los prolegómenos, el entreacto y el final. Todo eso sin contar las salidas mañaneras y nocturnas, las visitas a asilos en incluso las campañas a favor de los mas desfavorecidos que alguna de ellas sigue organizando. Es cierto, sí, que entre los de las peñas hay gentes de mal beber, patas sin gracia y otros especímenes nada recomendables que más vale tenerlos bien lejos cuando se trata de divertirse, como es el caso. Pero de esos, créanme, no se libra nadie. Ni la sombra ni el palco de autoridades.
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